El altar de los likes
Hay un nuevo personaje en las redes. Lo reconocerás en cuanto lo veas, porque lo has visto mil veces aunque nunca hayas buscado nada relacionado con lo espiritual.
Velas encendidas. Una calavera decorativa. Incienso que sube en espiral perfecta hacia el objetivo. Cristales distribuidos con criterio de interiorista. Y en algún lugar del encuadre, casi por accidente, el iPhone. La mirada: misteriosa, profunda, calibrada al milímetro. La laca de uñas: impecable. El tratamiento estético: evidente. El perfume: no lo puedes oler, pero casi. Esas puestas en escena donde lo único que está «alineado» es el aro de luz con el borde de la mesa.
Bienvenido al altar de los likes.
Vivimos en un momento donde la velocidad lo es casi todo. Cuanto más rápido, mejor. Cuanto más visual, más creíble. Si entra por los ojos y está diseñado con gusto, debe ser bueno.
Este mecanismo no es exclusivo de lo espiritual. Lo encuentras en las finanzas, el sector inmobiliario, las recomendaciones médicas que no dan médicos, el deporte, la nutrición, todo lo que tiene que ver con el coaching y el desarrollo personal…
En todos esos ámbitos hay alguien que parece muchísimo antes de demostrar nada. Pero en lo espiritual el fenómeno tiene una particularidad: nadie puede comprobar fácilmente si lo que se muestra es real. Y esa dificultad se ha convertido en una oportunidad de negocio.
Tiene veinte y pocos años. Habla como experta en prácticas que requieren décadas de trabajo. Publica tres veces por semana rituales que no ha probado, protocolos que no ha seguido, tradiciones que conoce de segunda mano.
¿Cómo sé que no lo ha probado? Porque materialmente no le ha dado tiempo.
El ritual está en el video. El altar es el plató. El incienso no arde para nada en particular: arde para el encuadre. Lo que se enseña no es una práctica, es contenido. Y el contenido funciona. Los números salen.
Trescientos mil seguidores no mienten, ¿verdad?
Resulta que sí. Trescientos mil seguidores dicen que trescientas mil personas han decidido que esta persona sabe lo que hace. No que lo haya demostrado. Solo que lo parece. Los likes han reemplazado al criterio, y en ese vacío, el algoritmo ha decidido quién sabe de qué.
Aquí es donde deja de ser gracioso.
Quien lo ve anota los ingredientes, compra las velas, coloca todo según las instrucciones y lo hace. ¿Qué puede pasar?
Lo más habitual: NADA. Y la creadora del contenido siempre tiene respuesta: no estabas en el estado adecuado, no lo creías de verdad, lo hiciste en el momento equivocado, en otra vida eras bruja y te quemaron y eso te cierra el paso. El juego de la excusa infinita. Nunca falla el método, siempre falla el usuario.
Lo segundo: la persona se desestabiliza. Ha depositado toda su confianza en ese proceso. Está desesperada por conseguir lo que necesita. Ha hecho todo bien y no llega nada. Eso deja marca. Quizá pequeña, pero marca.
Lo tercero es más serio. Pasa algo, pero no lo que se esperaba. Cada vez que combinas materiales, enciendes algo y pones intención en un proceso, se activa algo real, quieras o no. Sin conocimiento de cómo funciona eso, sin una adecuada práctica detrás, ese movimiento puede ir en cualquier dirección. Incluida la contraria a la que querías. Y atrae cosas que preferirías no atraer.
Lo cuarto, y quizás lo peor: lo vende también. Con sus toquecitos personales. Este ingrediente no me gusta, lo cambio. Así queda más bonito. Y así se perpetúa el desastre: lo que ya estaba mal llega al siguiente con una capa más de improvisación encima, y las consecuencias, si las hay, son suyas.
El problema no es la imagen en sí. Hay gente que sabe lo que hace, publica con regularidad y cuida cómo presenta su trabajo. Pero entre tanto altar de cartón piedra, pasa desapercibida. La «experta» del contenido mágico no solo ocupa espacio: lo llena todo. Y cuando hay tanto volumen de lo mismo, lo que es distinto aunque se le parezca superficialmente, queda enterrado.
El problema es que el receptor no tiene herramientas para distinguirlos.
No las tiene porque nadie le ha enseñado, porque este conocimiento no está en Google de forma ordenada, y porque hay tanto contenido que distinguir algo de valor se vuelve muy difícil. El que más publica, más gana. El que tiene mejor iluminación, más credibilidad. El que habla con más seguridad, más autoridad.
Y hay que decir algo más. Mucha gente que llega a estos contenidos no llega por moda. Llega porque necesita ayuda de verdad y no sabe dónde encontrarla. La pantalla siempre está disponible, nunca juzga y tiene respuesta para todo. Como decía mi madre: ¡Tiene que ser verdad!, lo dicen en la tele. Ahora lo dicen con trescientos mil likes, que para el caso es lo mismo.
Esa es la filosofía de la ineptitud: delegar el criterio en quien más alto, o más bonito, habla.
La laca de uñas es impecable. La funda del iPhone es divina. Y el ritual de Pinterest está listo para publicar.
El altar de los likes existe porque hay demanda de lo espiritual sin el coste real que tiene lo espiritual: tiempo, estudio, práctica, errores, corrección, más práctica. Lo quiero ya, como si fuera una app.
La pregunta que queda es simple: si no sabes distinguir lo real de lo que parece real, ¿cómo decides a quién escuchar?

