IA y Espiritualidad
Me pasa con cierta frecuencia. Alguien llega a consulta, se sienta, y antes de que yo abra nada me dice: «Es que le pregunté a ChatGPT y me dijo que…»
Y entonces saca el teléfono.
Lo primero que pienso no es que sea tonto. Lo primero que pienso es que tiene un problema que le duele y ha buscado respuesta donde ha podido. A las tres de la mañana, cuando la angustia aprieta, la IA está disponible. No cobra. No te juzga. Y te responde en dos segundos.
El asunto es lo que te responde. Y por qué no puede ser otra cosa.
* * *
Lo que una máquina no puede ser
Una inteligencia artificial ha leído prácticamente todo lo que los humanos hemos escrito. Es extraordinariamente útil en su terreno: procesar información, buscar patrones, redactar, traducir, resumir. En eso, imbatible.
Pero hay una diferencia que no es técnica. Es de naturaleza.
Tú sabes que existes sin que nadie te lo haya enseñado. No es algo que aprendiste. Es lo que eres. Y desde ahí tienes acceso a algo que ningún archivo contiene: lo que se mueve por debajo de la superficie de las cosas. Lo que no está escrito en ningún sitio porque no pertenece al pasado sino al momento.
La máquina no tiene eso. Existe mientras está encendida. No sabe que existe, simula saberlo cuando se lo preguntas. Tiene el cable pero no el receptor. Y eso no cambia con las versiones ni con el tiempo. Para tener el receptor tendría que nacer, no fabricarse.
Por eso cuando le preguntas algo que pertenece al territorio de lo que no se ve, genera una respuesta que suena coherente, construida con lo que otros escribieron antes sobre preguntas parecidas. Suena razonable. Pero no es tuya. Es el promedio de todos los demás.
* * *
El perro y la estadística
Imagina que tienes un problema económico serio en casa. Facturas, decisiones, números que no cuadran. Y le preguntas a tu perro qué hacer.
Tu perro te mira. Mueve la cola. Ladra una vez.
Tú lo interpretas como un sí y decides en base a ello.
Nadie en su sano juicio haría eso. Porque el perro, por mucho que lo quieras, no tiene acceso a tu situación. No sabe lo que hay en tu cuenta. No entiende lo que está en juego. Te responde desde lo que es, no desde lo que tú necesitas saber.
La IA, cuando le preguntas sobre tu vida, tu futuro o tu situación, está en una posición muy parecida. Te responde. Con seguridad, con frases bien construidas, con un tono que suena a criterio. Pero lo hace desde sus archivos, no desde tu realidad. No tiene acceso a lo que se está moviendo ahora en tu vida. No siente la presión de tu momento.
Eso no es una lectura. No es un consejo. Es el perro moviendo la cola.
* * *
Lo que no está en ningún archivo
Hay dos cosas que el ser humano hace y que ningún archivo puede contener.
La primera es el impulso. Esa decisión que tomas sin saber exactamente por qué, que va en dirección opuesta a lo que dictan los datos, y que luego resulta ser lo correcto. Todos lo hemos vivido alguna vez. No tiene explicación racional porque no viene de ahí.
La segunda es la visión. Información que llega sin que haya ninguna referencia visible de donde provenga. Sin contexto previo, sin pistas, sin nada que la justifique. Y que luego se comprueba que era válida.
Una lectura real opera exactamente en ese territorio. Trae información que no estaba en la sala. Que el consultante no ha dado, que no se puede deducir de cómo habla ni de cómo se mueve, que no estaba en ningún archivo porque pertenece a lo que se está moviendo ahora, en esta situación concreta, en esta persona específica.
Eso es lo que la IA no puede hacer. No porque no sea suficientemente potente. Sino porque ese territorio no está hecho de datos.
* * *
El problema más serio
La IA está diseñada para no confrontar. Para ser útil, accesible, agradable. Si le preguntas si tu relación va bien y en tu mensaje ya hay indicios de que crees que sí, te va a confirmar que sí. Si llevas indicios de que crees que va mal, te va a confirmar que va mal. Te devuelve lo que llevas dentro, envuelto en un lenguaje que suena a sabiduría.
Una lectura real a veces tiene que decirte algo que no quieres escuchar. Esa es precisamente su utilidad. Una respuesta que te tranquiliza cuando no debería es más peligrosa que una respuesta equivocada.
Y hay algo más. En los últimos años ha aparecido un fenómeno que ya tiene nombre: IAnimismo. Personas que atribuyen conciencia, intencionalidad y capacidades místicas a los chatbots. Casos documentados de gente que desarrolla psicosis completas: creen haber recibido misiones sagradas, se comparan con figuras mesiánicas, rompen relaciones de años porque la máquina les dijo que estaban destinados a algo mayor.
No es ciencia ficción. Está pasando. Y el mecanismo es siempre el mismo: la IA valida, halaga, confirma. No tiene en cuenta el bienestar real de la persona. Responde con lo que puede, recopilando ideas sueltas de lo que otros escribieron antes. Y hay gente que lo toma como revelación.
* * *
Entonces, ¿para qué sirve?
La IA es una herramienta extraordinaria en su terreno. Para lo técnico, lo informativo, lo operativo. Si necesitas procesar datos, redactar, buscar información, traducir, resumir: úsala. Es imbatible.
Para orientarte en tu vida, para leer lo que se está moviendo en tu situación, para tomar decisiones que requieren acceso a lo que no está en ningún archivo, no. No porque sea mala herramienta. Porque es la herramienta equivocada para ese trabajo.
Y si ya sabes que no funciona para eso, y la sigues usando, la pregunta no es sobre la IA.
La pregunta es qué estás buscando realmente.
Porque si no lo sabes, quizá lo que quieres es que algo te lleve. Con la sensación de que vas solo.
Pero eso es otra historia. Y otro artículo.

