ast cave, small figure holding a torch, stone wall with symbols from different traditions

Relacionarse con lo sagrado

Hay un momento que casi todo el mundo ha vivido. Un momento de necesidad real, de esos que no se comparten fácilmente, en el que algo en el interior busca hacia dónde dirigirse. Y casi inevitablemente, aunque no se sea practicante de nada, aunque haga años que no se pise una iglesia, aunque uno se considere agnóstico o simplemente desconectado de todo esto, algo busca. Algo quiere hablarle a algo.

Ese impulso es uno de los más antiguos que existen en el ser humano. Anterior a cualquier religión. Anterior a cualquier doctrina. Es la intuición de que no estamos solos en esto, de que hay fuerzas más grandes con las que es posible relacionarse.

Lo que cambia, dependiendo de cómo se haya crecido y lo que se haya aprendido, es a quién se le habla. Y cómo.

Cuando había muchos y la relación era otra

Durante la mayor parte de la historia humana, y en prácticamente todas las culturas del mundo sin excepción, la relación con lo divino no era con una figura única que todo lo controlaba. Era con un ecosistema.

Había fuerzas con nombre y carácter propio. Dioses que representaban aspectos específicos de la realidad: el mar, la cosecha, la guerra, el amor, la muerte, el conocimiento. Espíritus vinculados a lugares, a linajes, a fenómenos naturales. Ancestros que seguían presentes de alguna forma y con los que se mantenía una relación viva.

Y lo más relevante para lo que nos ocupa aquí: esa relación era cooperativa. No de obediencia sino de intercambio. Se ofrecía algo, se pedía algo. Se negociaba. Se trabajaba con esas fuerzas como se trabaja con cualquier fuerza que tiene su propia naturaleza, sus propias condiciones, su propia lógica. Había que conocerlas, respetarlas, entender con cuál trabajar según qué necesidad.

El ser humano no estaba por debajo de lo divino esperando ser juzgado. Estaba en relación con ello. Participaba activamente.

Cuando todo se concentró en uno

El cambio no ocurrió de golpe. Fue gradual, y respondió a razones muy concretas que tienen más que ver con el poder y la organización social que con la experiencia espiritual directa.

En algún momento de la historia, la multiplicidad de fuerzas con las que el ser humano se relacionaba fue siendo sustituida por una figura única. Un solo dios. Universal. Omnipotente. Omnisciente. El único válido, el único real, el único al que era legítimo dirigirse.

Esa concentración tuvo una consecuencia muy específica en la forma de relacionarse con lo sagrado. Cuando hay muchas fuerzas con las que trabajar, la relación es técnica y variada. Se sabe a quién acudir según qué necesidad. Se conocen las condiciones de cada uno. Hay margen para la negociación, para el error, para probar otro camino si uno no funciona.

Cuando hay una sola figura que lo controla todo, la relación cambia de naturaleza. Ya no es cooperación. Es dependencia. Y la dependencia absoluta de una figura que además juzga, que además tiene memoria de cada acto, que además puede retirar su favor en cualquier momento, produce algo muy reconocible.

Produce miedo.

No un miedo declarado necesariamente. A veces es un miedo que se disfraza de devoción, de fervor, de gratitud exaltada. Pero la estructura emocional de fondo es la misma: no puedo permitirme perder esto. Tengo que mantener el favor. Tengo que demostrar constantemente que merezco ser escuchado.

La contradicción que nadie nombra

Y ahí está la pregunta que nadie hace en voz alta.

Si la figura a la que se ora es amor incondicional, bondad absoluta, presencia que todo lo abarca y todo lo sostiene… ¿de dónde viene ese miedo? ¿Por qué hay que ganarse algo que se supone incondicional? ¿Por qué la relación con lo que debería ser la fuente de todo amor produce tanta ansiedad?

Hay algo curioso en cómo mucha gente describe a Dios hoy. Es amor. Es bondad. Es infinito. Lo abarca todo. No juzga. Quiere lo mejor para ti. Y al mismo tiempo: hay que portarse bien para merecer su favor. Hay acciones que le ofenden. Hay consecuencias para quien se aleja. Hay que orar, hay que agradecer, hay que demostrar constantemente la devoción.

Las dos ideas conviven en la misma persona, a veces en la misma frase, sin que nadie haya señalado nunca que se contradicen directamente. Porque un ser infinito que todo lo abarca no puede tener preferencias particulares. Lo que contiene todo no puede favorecer una parte sobre otra. Y un amor verdaderamente incondicional no genera la necesidad de ganárselo constantemente, de mantenerlo, de no perderlo.

El amor que tiene condiciones no es incondicional. Y la bondad que castiga no es absoluta.

Lo que genera esa necesidad no es el amor. Es el miedo.

No es un juicio sobre quien lo vive. Es simplemente nombrar algo que está ahí, visible para quien quiera mirarlo.

Otra forma de relacionarse con lo sagrado

Lo que las tradiciones más antiguas sabían, y que el tiempo y la doctrina fueron borrando, es que la relación con lo divino no tiene por qué construirse sobre el miedo.

Puede construirse sobre el conocimiento.

Conocer con qué fuerzas se trabaja. Entender su naturaleza. Saber cómo dirigirse a ellas, qué se puede pedir y cómo, qué se ofrece a cambio, qué consecuencias tiene actuar sin ese conocimiento. No como obediencia a una figura que todo lo controla, sino como colaboración con fuerzas que tienen su propia lógica y que responden cuando se las aborda correctamente.

La diferencia entre quien ora esperando que una figura todopoderosa decida ayudarle, y quien trabaja con conocimiento en el espacio donde las cosas ocurren, no es una diferencia de fe ni de espiritualidad.

Es una diferencia de herramientas.

Y las herramientas, a diferencia de la fe ciega, se pueden aprender.

El punto de partida no es la certeza ni la devoción. Es la curiosidad. Buscar prácticas reales, no promesas. Encontrar personas cuya vida haya cambiado de un modo que no admita discusión, no porque lo digan, sino porque se nota. Probar, observar, incorporar despacio. Si algo desestabiliza al principio, eso no es señal de peligro: suele ser señal de que algo se está moviendo de verdad. Y si en algún momento algo no encaja, se puede parar. No hay ninguna condena esperando al final del camino por haber explorado.

Lo único que no ayuda es el miedo. El miedo a hacerlo mal, a ofender a algo, a que haya consecuencias por acercarse sin el permiso correcto. Ese miedo no protege. Es exactamente la misma estructura que este artículo lleva páginas describiendo, con otro nombre.

Y una última cosa, quizás la más importante: nadie está obligado a establecer una relación consciente con nada ni con nadie. Pero tampoco nadie puede escapar de lo sagrado. Porque lo sagrado no es una práctica ni una creencia ni una figura a la que dirigirse. Es la vida misma, en el modo en que cada uno decida vivirla.

La vida es lo sagrado.

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