Ilustración de un hombre caminando hacia una luz dorada con cadenas que le atan a una masa oscura con las palabras trauma, dolor y culpa

Sanar

Una palabra que no dice demasiado

«Estoy sanando.»

Dos palabras. Y sin embargo, si le preguntas a quien las dice qué está sanando exactamente, el silencio que sigue tiene la misma textura. Espeso. Incómodo. Lleno de palabras que están a punto de salir pero no acaban de concretar nada.

Sanar las relaciones. Sanar los vínculos. Sanar la raíz. Sanar el vínculo con la madre, con el padre, con el niño interior, con la versión de ti que quedó atrapada en algún momento que no recuerdas bien pero que seguramente fue determinante. Sanar la incapacidad de sanar.

Todo suena a algo. Nada dice nada concreto.

Y sin embargo el mercado que hay detrás de esa palabra es enorme. Talleres para sanar. Retiros para sanar. Terapeutas que te acompañan en tu proceso de sanación. Coaches que te guían hacia tu versión sanada. Libros, podcasts, cursos online, sesiones individuales. Todo orientado hacia un destino que nadie ha definido con precisión porque si lo definieran, en algún momento llegarías. Y si llegas, ya no necesitas nada de lo anterior.

* * *

Curar no es lo mismo

Hay una diferencia entre curar y sanar que nadie parece querer aclarar.

Curar tiene objeto. Tienes una infección, te dan un antibiótico, la infección desaparece. Tienes una fractura, te escayolan, el hueso suelda. En algún momento el médico te dice que ya está y tú te vas a casa. Fin del proceso.

Sanar, en el uso que circula, no funciona así. No tiene objeto concreto, no tiene proceso definido y sobre todo no tiene fin. Es un camino, te dicen. Un proceso. Un viaje hacia tu versión más completa. Y como todo viaje sin destino fijo, nunca puedes saber si has llegado porque nadie te dijo adónde ibas.

Pregúntale a alguien que lleva dos años en terapia de sanación cuándo termina. La respuesta más honesta que vas a escuchar es que no se sabe, que depende, que es un proceso personal. Lo cual es otra forma de decir que no hay criterio de éxito. Y sin criterio de éxito no hay forma de saber si lo que estás haciendo funciona o no funciona, si estás avanzando o dando vueltas en círculos con música de cuencos tibetanos de fondo.

* * *

Los que saben y los que acompañan

No todo el que trabaja en este campo es lo mismo.

Hay quien te recibe, escucha, evalúa y te dice algo concreto. Esto es lo que veo. Esto es lo que podemos hacer. Así es como va a ir. No te promete que va a ser fácil ni que va a ser rápido, pero te da una dirección clara. En algún momento del proceso hay un criterio de éxito. Algo que cuando ocurre indica que el trabajo está hecho, al menos esta parte de él.

Y hay quien te recibe, asiente, te habla de capas y de procesos y de que cada uno va a su ritmo, te aplica una técnica que puede ser potente pero que no está adaptada específicamente a lo que tú tienes, y cuando le preguntas cuándo termina te dice que eso depende de ti. Que el proceso es tuyo. Que él solo te acompaña.

La diferencia no está en la técnica. Está en si quien la aplica sabe exactamente qué está haciendo contigo, por qué lo está haciendo y qué espera que ocurra. Te está acompañando en círculos con mucho tacto y poca claridad.

No es que no haya métodos. Los hay. Quien los aplica frecuentemente no sabe si van a funcionar para ti, no tiene un protocolo claro adaptado a lo que tienes, y sobre todo no te explica cómo va a ir. Te exponen a un procedimiento que puede ser potente desde una vaguedad completamente indeterminada. Y si no funciona, siempre queda el recurso de decir que el proceso es personal y que cada uno va a su ritmo.

* * *

Bienvenidos a la fiesta

La confusión entre los dos no es accidental. Tiene historia.

La psicología construyó un vocabulario para nombrar cosas complejas. Trauma, apego, herida emocional, niño interior. Conceptos con una definición precisa en su origen. La espiritualidad de consumo los atrapó, les quitó la precisión y los mezcló con terminología mística hasta crear un lenguaje que suena profundo sin comprometerse con nada verificable. Y entonces la psicología, viendo que ese lenguaje vendía mejor que el clínico, lo fue adoptando también.

El resultado es un campo donde todo el mundo usa las mismas palabras y nadie está seguro de estar hablando de lo mismo. Donde los conceptos circulan sin definición clara, los diagnósticos son imprecisos y los tratamientos genéricos se aplican a problemáticas que requieren exactamente lo contrario. Y donde una persona con algo serio puede llevar años acumulando teorías sobre sus heridas sin resolver nada concreto, convencida de que está avanzando porque el proceso nunca dice que no.

* * *

El billete de entrada

Y para entrar en ese proceso indefinido, primero necesitas un trauma.

No es opcional. Es el billete de entrada. Si no tienes uno identificado, el sistema te ayuda a encontrarlo. Porque siempre hay algo. Una infancia imperfecta. Un padre que no estaba suficientemente presente. Una madre que estaba demasiado. Una relación que salió mal. Un momento en que te sentiste solo. Algo. Lo que sea. Pero algo tiene que haber.

Y si dices que no tienes ninguno, tranquilo. No es que no lo tengas. Es que no has mirado con suficiente profundidad. Porque todo el mundo tiene trauma. Todo el mundo. El que dice que no tiene es el que más necesita trabajarlo, porque esa negación ya es en sí misma una señal. El sistema tiene una casilla para todo, incluida la casilla de los que creen que no necesitan casilla.

* * *

El umbral que no para de bajar

La psiquiatría tiene una definición concreta de trauma, útil como referencia aunque no sea la única verdad posible. Hay experiencias que no entran en ese catálogo y que dejan marcas igual de reales: la vejación psicológica sostenida durante años, el abuso emocional crónico, situaciones que no matan físicamente pero que destrozan por dentro. Eso existe y tiene peso.

Lo que no se sostiene es el otro extremo: que te quitaran el bocadillo en tercero de primaria. O que tu madre no te entendiera del todo. O que una relación saliera mal. Eso es vida. Dolorosa a veces, pero vida.

Lo que ha pasado en las últimas décadas tiene hasta nombre técnico: «conceptual bracket creep», la expansión constante del umbral hacia abajo. En 1980 el diagnóstico de trauma requería exposición a algo catastrófico fuera del rango normal de experiencia humana. Hoy ese umbral ha bajado tanto que prácticamente cualquier malestar emocional puede etiquetarse como trauma si encuentras al profesional adecuado. O al coach adecuado. O al terapeuta holístico adecuado.

El círculo es sencillo: primero bajas el umbral para que casi todo califique, luego ofreces la cura para lo que acabas de diagnosticar. El mercado potencial crece sin límite porque el criterio de entrada también crece sin límite.

* * *

El arreglo indefinido

Naces con una deuda. Antes se llamaba pecado original. Llegabas al mundo ya marcado, ya en falta, ya necesitando redención antes de haber hecho nada. El trabajo de toda una vida era saldar esa deuda a través de la confesión, la penitencia, la oración, los sacramentos. Y si en algún momento creías que ya estabas en paz, siempre había algo más que confesar, algo más que purgar, algún sacerdote que te recordaba que la naturaleza humana es débil y que el trabajo nunca termina.

Hoy la deuda se llama trauma. Llegas al mundo, o más bien a la consulta, ya marcado. Ya en falta. Ya necesitando sanar antes de poder vivir con plenitud. El trabajo es indefinido, el criterio de llegada no existe, y si en algún momento crees que ya estás bien, siempre hay alguna capa más profunda que explorar, algún facilitador que te recuerda que el proceso es continuo y que la resistencia a seguir trabajando es en sí misma una señal de que necesitas seguir trabajando.

La arquitectura es idéntica. Solo han cambiado los nombres en la puerta.

* * *

Sanar es una palabra bonita. Lo que han metido dentro es otra cosa.

La gente llega con un problema concreto. Algo le pasa y quiere saber por qué y cómo arreglarlo. Lo que recibe con frecuencia es una teoría sobre de dónde puede venir ese problema, formulada con suficiente vaguedad como para sonar profunda sin comprometerse con nada verificable. Y una sensación de que va en camino. Hacia dónde, ya se verá.

Eso no es sanar. Es la misma promesa de redención de siempre, con otra terminología y sin sotana.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.