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Un bebé medio dormido se estira dentro de una flor roja que se abre, iluminado por una luz que cae desde arriba sobre fondo oscuro

Inicio · Pensar la espiritualidad

Despertar

La gran oleada del despertar, y tú con las mismas ojeras.

—Estoy despertando.

—¿A qué?

—A muchas cosas.

—¿A cuáles?

—A cosas que antes no veía.

—Vale, ¿y qué ves ahora?

—Que todo es diferente.

Eso es lo típico. Alguien se da cuenta de algo y se abre a cosas en las que antes no reparaba, y le pone a eso un nombre grande. Pero sigamos un poco. ¿Diferente en qué? ¿Qué ves ahora que no veías el mes pasado? Y ahí empieza a costar. «Lo puedo sentir». Ya, pero qué sientes. «Siento que no soy el mismo». ¿En qué no eres el mismo? «Es difícil de explicar».

Despertar, como palabra, es una preciosidad. Suena a flor que se abre. Si estabas dormido había cosas que no veías, y ahora se te abre delante algo más grande y más verdadero. Quién no quiere eso.

Y hay un despertar que existe de verdad, que quede claro desde el principio. Tomar conciencia, ver que el mundo no era lo que creías, que hay capas debajo de lo que tocas. Eso pasa, y cuando pasa es muy fuerte. Suele llegar despacio, mirando hacia dentro, o de un golpe que no buscabas y que te cambia el suelo bajo los pies. Lo viejo lo llamaba iluminación, que sonaba lejano, de monje en una montaña. Ahora lo llamamos despertar, que suena más cercano, más tuyo, más al alcance de la mano. Hace veinte años casi nadie usaba la palabra. Ahora la dice todo el mundo, y no en voz baja. Se anuncia, se lleva, se pone en la bio al lado del signo del zodiaco. Ha dejado de ser algo que te pasa por dentro para convertirse en algo que se muestra. Y ahí empieza el jaleo.

Porque la mayoría no habla de eso. Habla de otra cosa a la que le ha puesto el mismo nombre.

* * *

El saco donde cabe todo

Mira lo que mete la gente dentro de la palabra despertar.

Uno empieza a notar cosas que antes no notaba. Se encuentra pensando lo mismo que un amigo justo cuando el otro va a hablar. Le viene alguien a la cabeza y esa persona llama por teléfono. Nota que ciertos sitios le cargan y ciertas personas le dejan sin fuerzas. Y hasta aquí, un momento, porque hay algo real en esto. Hay conexiones entre personas que no se explican desde la psicología, hay sincronicidades que ocurren, cosas que pasan por debajo de lo visible y que están ahí. Eso no se lo voy a negar a nadie. Yo trabajo con eso.

Notar no tiene nada de malo. Lo que chirría es la factura que uno se extiende a partir de ahí.

Porque del «me ha pasado algo curioso» se salta, sin escala, al «estoy despertando a un nivel superior de conciencia». Y eso ya es otra cosa. Una cosa es que te crucen la cabeza dos pensamientos ajenos y otra creerte Buda por ello. Entre lo uno y lo otro hay un abismo, y ese abismo lo cruzan de un salto, sin mirar abajo.

Y entonces el saco se va llenando. Dentro caben las sincronicidades, pero también los números repetidos en el reloj, los sueños raros, los escalofríos, el cansancio de media tarde, la mala digestión, el haber dejado la carne. Todo señal. Todo prueba. He visto listas que ponen el dolor de cabeza sin causa médica como síntoma de despertar, al lado de la felicidad plena. O sea, que subes de nivel lo mismo si eres inmensamente feliz que si te duele la cabeza. Un saco donde cabe cualquier cosa que sientas no mide nada. Solo recoge. Y, fíjate, en ese saco cabe todo menos lo único que de verdad costaría meter: la parte fea. Las listas prometen paz, plenitud, escalofríos bonitos. Nunca el derrumbe.

* * *

Ver dibujos en las nubes

Lo que une el 11:11 con la mala digestión es que alguien los ha puesto en la misma lista. Y ese reflejo es muy humano: vemos patrones y conexiones donde no los hay, unimos con una línea cosas que solo coincidieron por casualidad. No es cosa de cuatro iluminados, es de fábrica, lo hacemos todos. El cerebro odia el azar y rellena. Ve una cara en un enchufe y un plan en una racha de mala suerte.

¿Y cuándo se dispara esto? A veces, cuando sientes que algo no encaja, que hay un vacío en tu vida o que necesitas encontrar algo que le dé sentido. Empiezas a buscar, y cuando buscas sentido, empiezas a encontrarlo por todas partes. Cualquier cosa que te pasa la enganchas con otra y ya tienes una señal. Y como las señales confirman que vas por buen camino, cada día recoges unas cuantas. El sistema se alimenta solo.

Ese mismo mecanismo, el de ver dibujos en las nubes, es el que lleva a uno a leer el 11:11 como un mensaje y a otro a montar una conspiración mundial. Es la misma avería con dos decorados. Por eso el que «despierta» por este lado acaba, tantas veces, en el mismo sitio: la élite que lo controla todo, el veneno en la comida, el plan oculto y, al final, los arturianos viniendo a echar una mano. Empezó notando una sincronicidad real y ha terminado esperando una nave. No porque esté loco, sino porque, una vez que empieza a conectar cualquier cosa con cualquier otra, ya no hay quien lo pare.

* * *

Ponte en despierto y sal a la calle

Vamos a probarlo.

Decide que estás despierto. Que has tomado conciencia, que ahora ves cosas que antes no veías. Muy bien. Ahora sal a caminar.

Mira el suelo, los árboles, las piedras, las farolas, las casas. Pero míralos de verdad. No pases por delante como pasabas ayer. Detente un momento. Observa. ¿Qué ves ahora que antes no veías? ¿Qué ha cambiado en tu manera de mirar?

Porque cuando despiertas de verdad, no es que de repente todo sea maravilloso, ni que cada piedra esconda un mensaje para ti. Ves las cosas de otra manera. Todo está ahí, tal y como estaba antes, pero ahora lo ves y, al mismo tiempo, no necesitas encontrar nada concreto. Las cosas tienen sentido tal y como son, sin que tengas que inventárselo. Y comprendes algo de la realidad que te rodea, aunque no sepas ponerlo en palabras.

Ahora vuelve a mirar esa piedra. No tiene que significar nada especial. No tiene que ser una señal ni esconder una enseñanza. Está ahí. Y, sin embargo, puedes llegar a percibirla de una manera que antes ni siquiera habrías imaginado. No está tan separada de todo lo demás, ni todo lo demás tan separado de ti. Y esa comprensión cambia también tu manera de relacionarte con las cosas. Las respetas de una forma que antes no habrías entendido.

Ahora dime: ¿qué ha cambiado en tu manera de mirar? Porque si llevas años diciendo que has despertado, pero no sabes qué ha cambiado más allá de las palabras que utilizas para describirlo, ¿de qué estamos hablando?

* * *

Un sueño dentro de otro

Pasa algo muy concreto, y le pasa a mucha gente.

A veces ocurre algo en tu vida, alguien te dice una cosa, lees algo, tienes una experiencia, da igual. Algo hace clic. Y se te abre la cabeza. Ves una cosa que no habías visto. De repente, muchas cosas encajan y comprendes algo que hasta ese momento se te escapaba. Eso es magnífico, de lo mejor que te puede pasar.

Pero el deslumbramiento es tan fuerte que das un paso de más. Empiezas a creer que, desde dentro de tu misma situación, con la misma casa, el mismo trabajo y los mismos problemas, ya estás mirando desde fuera. Se te abre un mundo nuevo, todo parece distinto, todo cobra otro sentido. Hablas de otras cosas, consideras otras cosas, miras la vida de otra manera. Y, sin embargo, sigues ahí.

Has reorganizado los muebles y crees que has cambiado de casa. Te has dado cuenta de que estabas soñando y, en vez de despertar, te has puesto a soñar que despertabas. Un sueño dentro del sueño. Y desde dentro se ve clarísimo, por eso cuesta tanto que lo notes. Hasta que pasan los años, y ahí sigues, en la misma habitación con los muebles cambiados de sitio.

Con quien ha llegado ahí a través de una experiencia con ayahuasca, hongos o lo que sea, puede ocurrir algo parecido. A veces lo lleva peor, porque ha vuelto del viaje y no quiere haber vuelto. Allí todo encajaba, todo se resolvía, todo era luminoso. Y es verdad que se resolvía. En su cabeza. En la vida, los problemas le esperaban en la puerta, intactos, cuando se apagó la luz.

* * *

¿Y quién tiene el medidor?

Si todos los que lo dicen lo sienten con la misma fuerza, hará falta algo que diga cuál es el bueno. Una regla, una marca, un medidor.

Charles Manson se sentía despierto. Estaba convencido de ver un plan que los demás no veían, de que los Beatles le hablaban a él, de haber entendido algo que el mundo dormido era incapaz de entender. Marshall Applewhite también. Convenció a treinta y nueve personas de que habían superado el nivel humano y de que una nave los esperaba detrás de un cometa para recogerlos. Los dos lo sentían con una certeza absoluta. La misma certeza, por dentro, que siente el del retiro de fin de semana.

Entonces, ¿cuál es el medidor? ¿Qué regla pone a uno de un lado y al otro del otro? Vas a buscarla y lo que aparece son las listas. «Doce señales de que estás despertando». «Siete pruebas de que eres un alma vieja». Las lees y ninguna coincide con ninguna. Y encima se protegen: te avisan de que el despertar no termina nunca, que siempre quedan niveles por delante. Una meta que se aparta justo cuando te acercas, para que no puedas comprobar si llegaste y nadie te pueda pedir cuentas.

* * *

«Ese no»

Y hay un detalle que lo descoloca del todo. Pregúntale a uno qué es estar despierto y te da su lista. Ve a otro, que también se dice despierto, y te da otra distinta. Vuelve al primero y dile que aquel también está despierto. Te contesta: «ya, pero ese no».

En esas dos palabras aparece algo muy viejo. Lo suyo es el despertar de verdad y lo del otro es de imitación. Lo auténtico y lo falso, los que saben y los que se equivocan. Eso tiene nombre desde hace siglos y no es espiritualidad. Es el reparto de siempre: mi versión es la buena, la tuya es el error.

Míralo de lejos y es un grupo aparte que está aparte de otros grupos aparte. Cada uno en su isla, cada uno con su lista, cada uno viendo a los demás despiertos como dormidos que se lo tienen muy creído. Lo redondo es que el que te lleva la contraria lo hace, por supuesto, porque sigue dormido. Montado así, no hay manera de que te equivoques: cualquier objeción es la prueba de que el otro no ha llegado.

* * *

Lo que sí te parte en dos

Pero no quiero que parezca que el despertar no existe, porque existe. Lo que pasa es que no se parece en nada a esto.

El de verdad no es una colección de sensaciones agradables ni un carnet de los que ven. Es un golpe que te tira para atrás. Una toma de conciencia tan grande que ya no puedes seguir con la vida que llevabas. No es que decidas cambiarla con calma, una mañana, después del café. Es que algo ha cambiado y ya no puedes mirar las cosas igual que antes.

Buda era un príncipe con el palacio lleno. Vio la vejez, la enfermedad, la muerte, y se le volvió insoportable la vida que tenía. Se marchó de noche, dejó atrás la mujer, el hijo recién nacido, el reino entero. No porque lo meditara despacio, sino porque lo que había visto le hacía imposible quedarse. Eckhart Tolle tocó fondo una noche, a los veintinueve, con una depresión que no aguantaba. De esa noche salió otra persona: pasó años vagando, sin trabajo, y su propia familia lo dio por ido. Le cambió la vida de arriba abajo. No le sumó un hobby.

Y aquí está lo que el saco de las señales no recoge nunca: ese golpe, casi siempre, duele. No es una iluminación cómoda, es una travesía de desolación. Tiene nombre desde hace cinco siglos, la noche oscura del alma, que San Juan de la Cruz describió como el paso del alma por la oscuridad antes de llegar a ninguna luz. Y tiene nombre reciente también: el psiquiatra Stanislav Grof lo llamó emergencia espiritual, el proceso de transformación que desde fuera se confunde con un brote, con venirse abajo, con perder la cabeza. Por eso a Tolle su familia lo dio por ido. El despertar de verdad, mientras ocurre, muchas veces no se distingue de un derrumbe. Pero la noche tiene mañana. Tolle cuenta que al día siguiente todo estaba en calma, la calma de que ya no quedaba nadie discutiendo consigo mismo. Esa es la parte luminosa, y llega después de la noche, no en su lugar. El de pega, en cambio, es todo subidón y buenas vibraciones. Quiere la medalla sin pasar por la noche.

Eso es despertar. No porque te deje necesariamente sin trabajo, sin pareja o sin casa, sino porque te cambia de una manera que no puedes confundir con haber aprendido cuatro cosas nuevas. Puede que no sepas explicarlo, puede que tardes en entender qué te ha pasado, incluso puede que un tiempo no sepas qué hacer con ello. Pero sabes que algo ha cambiado, y ese cambio acaba poniendo en cuestión cosas que antes ni te planteabas.

Y aquí es donde la cuenta no cuadra, porque miras al que va diciendo que ha despertado y, cinco años después, sigue exactamente igual, salvo por los conceptos que ha añadido a su vocabulario. Las mismas certezas, la misma manera de colocarse frente al mundo. No parece haber descubierto nada que le obligue a revisar siquiera una de sus propias convicciones. Ha cambiado el relato, pero el relato sigue hablando de él como siempre.

* * *

El árbol no se fumó nada

Osho, al que mucha gente tiene por maestro, contaba que despertó una noche muy concreta. El 21 de marzo de 1953, con veintiún años, sentado bajo un árbol, tuvo una experiencia que describió como su iluminación. La fecha quedó registrada hasta el día, y el árbol también tenía nombre: maulshree. Según su relato, aquella noche todo se volvió luz y silencio. Y contaba también que el jardín dormía, que los árboles dormían.

Curioso, porque el árbol es lo único de la escena que no se había propuesto despertar.

El árbol no hizo el curso, no fechó su iluminación, no lleva una lista de señales ni un certificado de asistencia. Está. No necesita explicarse a sí mismo lo que es ni convencer a nadie de que ha llegado a ninguna parte. Y mientras tanto, mira lo que hacemos con él: de ese mismo árbol de Jabalpur alguien ha extraído los genes para clonarlo en once retoños, y hay quien pide rebautizar la ciudad entera en su honor. Al árbol que, según el relato, dormía, le hacen esquejes sagrados y le quieren poner su nombre a un mapa. Él sigue a lo suyo.

Whitman lo dijo mejor que ningún gurú, y sin una túnica encima:

Creo que podría irme a vivir con los animales, son tan plácidos y se bastan a sí mismos.
No sudan ni se quejan de su condición,
no yacen despiertos en la oscuridad llorando sus pecados,
no me marean discutiendo su deber hacia Dios.
Ninguno está insatisfecho, ninguno enloquecido por la manía de poseer cosas.

El animal no anda buscando sentido como lo buscamos nosotros. No necesita construir una teoría sobre su existencia ni convertirse en una versión superior de sí mismo. Está ocupado en vivir.

Y no, no se trata de que los animales sean unos iluminados ni de que haya que volver a las cavernas. Se trata de mirar lo que hacemos nosotros. El ruido que levantamos alrededor de nuestra propia existencia, la necesidad de ponerle nombre a todo, de encontrar señales, de subir niveles, de demostrar que sabemos algo que los demás todavía no han entendido.

Lo que nos separa del árbol no es que él esté menos despierto. Es el ruido. Cuanta más cabeza, más teoría y más certeza de ir subiendo, más fácil es perder de vista lo único que el árbol nunca ha necesitado aprender: estar aquí sin tener que discutirlo.

Este artículo se apoya en mi trabajo de años y en algunas referencias contrastadas: el relato de la iluminación de Osho bajo el árbol maulshree de Jabalpur (21 de marzo de 1953); la noche oscura del alma de San Juan de la Cruz; el concepto de emergencia espiritual, acuñado por Stanislav y Christina Grof; y los versos de Walt Whitman pertenecen a Canto a mí mismo (sección 32), en traducción propia. Lo que es interpretación mía, espero que se note que lo es.

· · ·

Gaby López Andueza

Este artículo también está disponible en inglés: Awakening

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