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Dios representado como un anciano de barba blanca sentado en un trono dorado sobre las nubes, mirando la Tierra desde el espacio, con el ojo de la providencia brillando sobre su cabeza

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Dios. Un lío divino

Se habla de Dios todo el tiempo. Casi nunca del mismo.

Me pasa a menudo. Alguien me suelta, convencido: yo creo en Dios. Dios es amor, es bondad, quiere lo mejor para mí. Y a la media frase siguiente, sin despeinarse: por eso soy temeroso de Dios.

Y ahí paro.

Porque me acaba de decir dos cosas que no caben juntas. Si es puro amor, si solo quiere tu bien, ¿de qué tienes miedo? ¿Qué te va a hacer? La respuesta llega siempre, y siempre es la misma: es que te pone pruebas. Te castiga para que aprendas.

Vale. Pensemos un segundo en ese método. Cualquiera que haya intentado educar a un perro lo sabe: si cada vez que hace algo le pegas, aprende a tenerte miedo. Obedece, pero por susto, no porque haya entendido nada. Si le premias cuando acierta, va a buscar el acierto y ahí sí aprende. El castigo saca sumisión, no comprensión. Así que una inteligencia infinitamente sabia que elige como método justo el que peor enseña, o no es tan sabia, o no es tan buena, o no es lo que te han dicho que es.

Y hay un escalón más. A ese mismo Dios que castiga, le atribuyen el perdón infinito. Dios siempre perdona, dicen. Pero afinemos qué perdón. Si fuera soltar el rencor y aun así pasar factura, como un juez que no te odia pero te mete en la cárcel, perdón y castigo podrían convivir. No es ese el que venden. El que venden es el borrón y cuenta nueva, el que lava los pecados y los deja en cero. Y ese choca de frente: si de verdad borra, no queda nada que castigar. No puedes lavar la cuenta y cobrarla a la vez.

Ahí, normalmente, se hace el silencio. Y no pasa porque la persona sea tonta. Pasa por una sola palabra que lo lía todo desde el principio.

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La palabra tramposa

«Dios» es de las pocas palabras que pueden significar dos cosas opuestas dentro de la misma frase sin que nadie avise de cuál.

Con la misma palabra nombramos la fuente de la que emana todo lo que existe, la inteligencia que sostiene la creación entera. Y con esa misma palabra nombramos a un señor con carácter, que tiene bando, que tiene libro preferido, que se enfada, que premia y castiga, que tiene opinión sobre con quién te acuestas.

No son dos versiones de lo mismo. Son dos cosas de pisos distintos. Y que nadie se sienta acusado: no es que el creyente sostenga las dos a propósito. Es que la confusión está metida en la propia palabra, y uno salta de un sentido al otro sin darse cuenta. Como las llamamos igual, la conversación empieza rota. Es como dos personas discutiendo sobre «el banco», una pensando en el dinero y la otra en el asiento del parque. Pueden estar horas sin llegar a ningún sitio.

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La trampa que se muerde la cola

Hay una forma rápida de verlo. Alguien dice: Dios es todo. Todo lo que existe, la totalidad.

Vale. Y entonces aparece el mal, el dolor, lo que hace daño. Le preguntas: ¿eso también es Dios? Y te dice: no, eso no, eso está fuera.

Pero acabas de decirme que es todo. Si algo queda fuera, ya no es todo, es una parte. Grande, pero una parte. Y una parte no es el absoluto que me vendías hace dos frases.

Y esto no se queda en lo abstracto, salta en cuanto alguien abre la boca. Dice que nada existe fuera de Dios, pero que puedes ofenderlo. Que es todopoderoso, pero que andes con cuidado de no ir contra su voluntad. Que es puro amor, y en la misma conversación, que te puede caer un castigo. ¿Contra qué vas a ir, si no hay nada fuera de él? ¿Cómo se ofende por algo que, según tú mismo, también es parte suya?

Ahí está el nudo. O es la totalidad que lo contiene absolutamente todo, lo que te gusta y lo que no, o es un ser con voluntad, intereses y mal genio que tiene cosas enfrente. Las dos a la vez, no. Y casi toda conversación sobre Dios consiste en saltar de una a la otra según convenga, colgándole a la totalidad los humores de una entidad.

Que quede claro, para que no se entienda lo que no es: decir que la totalidad lo contiene todo no es decir que todo dé igual, ni que robar y ayudar valgan lo mismo. El bien y el mal son reales donde vivimos, en el trato entre personas. Lo que digo es que esas etiquetas nuestras no sirven para partir en dos el fundamento del universo. Una cosa es cómo nos tratamos aquí abajo. Otra, creer que el sustrato de todo tiene nuestros mismos bandos.

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El edificio

Arriba del todo está la fuente. Es la inteligencia que sostiene todo lo que existe, el sustrato del que sale cada cosa. Y precisamente porque lo contiene todo, no puede dar preferencia a nada. No es que elija no intervenir, como quien puede y se abstiene. Es que no es un individuo con intereses que pueda tener un plan para ti. Opera en una escala donde «tú» y «tu problema de esta semana» no tienen tamaño para aparecer. A la fuente no se le pide un favor, igual que no le pides al océano que moje solo tu vaso.

Algunas tradiciones han apuntado a algo así con otros nombres, un fundamento sin cara que está por todas partes porque es de lo que todo está hecho. No todas lo entienden igual, pero la idea se repite.

Y por debajo hay otra cosa. Entidades. Muchas. Reales, con nombre, con carácter, con preferencias propias. Fuerzas de alto nivel con las que distintas tradiciones llevan tratando desde siempre. No son la fuente. Están por debajo, igual que el director de un departamento no es la empresa entera. Tienen poder, personalidad, agenda. Y a algunas, cuando alguien quiere pedirles algo o temerles, les cuelga el nombre de Dios.

Ahí está el lío. El que me habla de un Dios que ama pero castiga, que es todo bondad pero te pone pruebas, no me describe la fuente. Me describe una entidad, con su humor y sus premios y castigos, a la que le ha puesto encima el cartel de la cúspide. Ha confundido el enchufe de la pared con la central eléctrica. Los dos dan luz. Pero solo uno tiene algo parecido a una cara con la que hablar.

* * *

Un dios que se llamaba Celoso

Esto pasa en casi cualquier religión, pero donde se montó el lío gordo fue en las tres del libro: judaísmo, cristianismo e islam. Las tres cogieron a una entidad concreta, con nombre y mal genio, y la declararon no una fuerza más, sino la única verdadera. Y ahí ya hay trampa, porque me lo han preguntado mil veces: pero ¿cuál es el dios verdadero? Y cuando les devuelvo la pregunta, se quedan parados. Porque «el verdadero», dicho así, para separar el suyo del que veneran los demás, solo tiene sentido cuando hay otros candidatos enfrente de los que distinguirse. La fuente, la que lo es todo, no compite con nadie ni tiene falsos que descartar. En el momento en que defiendes «el verdadero», ya no hablas de la totalidad. Hablas de tu entidad, defendiendo su esquina. De cómo se pasó de tratar con muchas fuerzas a coronar a una sola, hablé en otro sitio.

Que ese dios no es el abuelo bondadoso que vendieron luego, lo dice el propio texto. En el Éxodo se presenta diciendo que su nombre es Celoso. Su nombre, no un rasgo entre otros. En otras páginas es fuego que devora, destruye al que adora a otro, carga la culpa de los padres sobre los hijos hasta la cuarta generación. Y sobre el famoso perdón, el mismo libro dice, con todas las letras, que no perdonará: en el Deuteronomio, que no estará dispuesto a perdonarlo; en Josué, pegado a «es un Dios celoso», que no perdonará vuestras transgresiones ni vuestros pecados. Perdón infinito en el sermón del domingo, perdón negado en el texto sagrado. No es que yo vea la contradicción. El libro se contradice solo, página contra página.

Hay también páginas de misericordia, que el libro es largo y lo escribieron muchas manos. Pero ese retrato del dios celoso está ahí, en negro sobre blanco, y es el de una entidad territorial con mal genio, no el de la fuente que lo abraza todo. El perfil exacto del piso de abajo.

Y esto no lo descubrí yo el martes pasado. Lo señaló alguien en el siglo segundo, Marción. Leyó las dos partes, vio que el dios iracundo y el dios de amor no encajaban, y sacó la conclusión lógica: no puede ser el mismo, serán dos. Lo excomulgaron, y el problema siguió intacto. Que es lo que suele pasar: cuando algo no cuadra, muchas veces no se arregla, se castiga al que lo nombra.

Que el libro se contradiga tiene además una explicación sencilla. No lo escribió una mano de corrido. Es una compilación de textos de distintas épocas y autores, cosidos por editores a lo largo de siglos. No es ataque de ateo, es lo que sostiene el estudio del texto desde hace más de cien años. Pegas fuentes que pensaban distinto sobre quién era ese dios, y acaba diciendo una cosa en una página y la contraria doscientas páginas después. No es misterio divino. Es trabajo de montaje.

* * *

Lo que la gente hace con todo esto

Ponte en el lugar del que crece con esto. Primero el miedo: cuidado, no ofendas, no desobedezcas, mira lo que le pasó al que se salió. Y al final, el lazo: pero todo esto lo hace por tu bien, porque te ama. ¿Qué haces con semejante paquete? Te quedas con lo bueno y arrastras el miedo por debajo. De ahí el creyente típico: busca amor y vive acojonado. Las dos cosas a la vez, sin ver que vienen de mezclar los dos pisos, el que ama y el que amenaza, fundidos en una sola palabra.

Y para sostener eso hace falta una herramienta, una frase que lo tape todo. Cuando pasa algo bueno, es Dios que te ha ayudado. Cuando pasa algo malo, los caminos del Señor son inescrutables. Fíjate qué mecanismo. Lo bueno lleva su firma, lo malo lleva tu incapacidad de entenderlo. Si acierta, mérito suyo; si falla, es que tú no estás a la altura del plan. Y claro que es inescrutable, con nuestra mente de hormiga no vamos a entender cómo está montado el universo. Pero ojo al salto que se cuela ahí: que no entiendas por qué pasa algo horrible no prueba que haya una razón buena detrás. Prueba que no lo entiendes. De «no lo entiendo» a «hay un plan amoroso que se me escapa» hay un abismo, y lo rellena cada uno con lo que necesita para dormir. Inescrutable no significa bondadoso. Significa inescrutable.

Lo mismo con la luz. Cuando alguien me dice que su Dios es pura luz, me pongo en guardia, y no porque la luz me parezca mal. Es que, si Dios es la totalidad, no puede dejar fuera lo que llamamos sombra, ni lo que llamamos odio. No es que la luz sea oscuridad, ni que amar sea odiar. Es que nada de eso queda fuera de él. Y entonces «todo es amor» y «esto malo no es Dios» es, otra vez, la misma trampa del principio: lo quieres todo, pero solo la mitad bonita. Por eso desconfío del que insiste en la luz. No describe lo que hay, elige lo que le conviene que haya, y debajo de tanta luz declarada suele esconderse justo lo que la palabra tapa.

Y que no se piense nadie que esto es cosa solo de iglesias. El que ha salido corriendo de la religión y ha aterrizado en lo espiritual moderno cree que ha dejado atrás al Dios que castiga. No lo ha dejado atrás. Le ha cambiado el nombre.

Cambió las palabras y creyó que había cambiado la cosa. El trato sigue siendo el de la catequesis: pórtate bien y cobra. Ahora se fluye, se agradece, todo es aprendizaje, todo pasa por algo. Dios se llama universo y la gracia se llama vibración. Pero rasca un poco y el miedo sigue ahí, en el mismo sitio de siempre. Solo que ahora tiene otro nombre. Se llama karma.

Y funciona igual. Pórtate bien, emite bonito, ten pensamientos altos, y el universo te devolverá cosas buenas. Pero como se te crucen la envidia, el rencor o un mal gesto, prepárate, porque eso vuelve. Lo que antes era el castigo de Dios por ofenderle ahora es el cobro automático del cosmos por bajar tu frecuencia. Han quitado al señor de la barba y han puesto una ley invisible que lleva las cuentas igual de bien. El juez cambia. La vigilancia no. Sigues controlado, sigues con miedo a hacer lo que no toca, solo que ahora da apuro llamarlo miedo, así que lo llamas ley natural y suena mejor.

Y el que más alto grita que todo es amor y que hay que soltar y confiar, es muchas veces el que vive más pendiente de no bajar la vibración, no vaya a ser que el universo le pase factura. El mismo acojono de siempre, con ropa de lino.

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Por qué una idea sin cara es más honesta

Aquí va lo que yo creo, y lo digo sabiendo que me puedo equivocar, que para eso escribo y no dicto.

Una fuente sin rostro, sin nombre, sin preferencias, le parece a mucha gente algo frío y casi triste. Yo lo veo al revés, me parece lo más honesto a lo que se puede llegar. Porque en cuanto le pones cara, le pones también tus humores. La haces amar como amas tú, enfadarse como te enfadas tú, premiar a los tuyos y castigar a los otros como harías tú. Y entonces ya no miras a la fuente. Miras un espejo con tu propia cara, agrandada hasta el tamaño del cielo.

Lo entiendo, eso sí. A una central eléctrica no le puedes rezar. No te abraza, no te promete que al final todo tendrá sentido. Y el ser humano, cuando tiene miedo o dolor, no quiere una inteligencia impersonal que sostiene galaxias. Quiere a alguien al otro lado. Por eso le ponemos cara. No es estupidez, es necesidad. Pero una cosa es necesitar la cara y otra creerse que la cara es el fondo.

* * *

Y claro, llegados aquí aparece el otro bando, el que dice que ese señor que ama y castiga no existe. Tiene razón, no existe. Lo que pasa es que, al tumbar el dibujo, se cree que ha tumbado también lo que había detrás. Y eso es otra conversación, para otro día.

Quédate solo con la pregunta, que es la que ordena el lío. Cuando dices Dios, ¿de cuál hablas? ¿Del que lo contiene todo y ni siquiera sabe tu nombre, o del que te vigila, te premia y te castiga?

Porque no pueden ser el mismo. Y casi todo empieza por no haberlo decidido.

Este artículo se basa en mi trabajo de muchos años, contrastado con fuentes fiables: el propio texto bíblico, el estudio académico de la historia de las religiones y la crítica textual, y la lectura directa de las tradiciones. Las citas del Éxodo, el Deuteronomio y Josué están tomadas del texto tal como está escrito. No he querido llenar el artículo de notas al pie para no hacerlo denso, pero cada afirmación histórica de las que aquí aparecen está documentada. Lo que no se sostiene con fuentes, no lo he puesto. Y lo que es interpretación mía, espero que se note que lo es.

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Gaby López Andueza

Este artículo también está disponible en inglés: God. A divine mess

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