Te presentan a alguien. O estás en una comida, en una reunión, en cualquier sitio donde sale el tema. Y en algún momento, para colocarse, lo suelta: «es que somos seres de luz. Yo, al menos, me considero un ser de luz».
Y te mira esperando que asientas. Que lo confirmes. Que le digas qué bien, qué luminosa. Porque eso es lo bueno. Y en la mirada hay un punto de condescendencia, un mirarte un poco desde arriba, desde el que ya está en el sitio al que tú todavía no has llegado.
Pasa cada dos por tres. Ahora todo el mundo anda metido en esto, todos muy conectados, todos en el mismo rollo, y la frase circula en las conversaciones como quien dice que hace pilates. Y claro que sí. Todos queremos ser luz, faltaría más. Pero hay algo en esa forma de decirlo, tan rotunda y tan cerrada, que me pone en guardia. Porque sé lo que suele venir detrás.
Vamos a jugar un momento. Te digo que soy un ser de luz. ¿Qué has entendido? Algo bueno. Alguien de fiar. Buena gente. Y fíjate que no he dicho nada. Ni una sola cosa que puedas comprobar. Te he soltado una palabra y el resto lo has puesto tú.
* * *
La luz no significa nada, y por eso funciona
Prueba a preguntarle a alguien que trabaja para la luz qué es exactamente la luz. Vas a ver una de dos. O se monta un lío de vibración y energía y elevación que no lleva a ningún sitio, o te mira como si le hubieras preguntado de qué color es el martes.
No es que la palabra no signifique nada. La luz física tiene definiciones de sobra. Es que ahí no la usan para decir nada que puedas comprobar, la usan como si significara algo bueno y evidente, sin aclarar qué. Y no es descuido. Es justo lo que la hace útil. Una palabra concreta la puedes discutir. Si te digo «soy honesto», me puedes sacar las tres veces que mentí la semana pasada. Pero «soy luz» no hay por dónde cogerlo. No hay nada concreto que rebatir, porque no ha dicho qué significa. Es una palabra que no sirve para decir, sirve para producir un efecto en el que escucha.
Y casi siempre colamos el efecto sin pensar. Nos sueltan luz, o alma, o esencia, y en vez de parar y preguntar qué quieres decir con eso, nos dejamos llevar por cómo suena.
* * *
Un ser de luz que se cabrea buscando aparcamiento
Vale, eres luz. Del todo. Entonces no hay sombra en ti, ningún lado oscuro, nada de la otra polaridad.
«Hombre, claro que me enfado, también soy de carne y hueso.» Ya. Faltaría. Nadie ha dicho que un ser de luz no se cabree buscando aparcamiento. Pero has empezado diciendo que eres luz y, en cuanto se aprieta un poco, te bajas a «ya, pero lo que yo hago lo hago desde la bondad, desde el bien».
«Ser de luz» sonaba a rango, a estar un escalón por encima del resto. Y al rascarlo se queda en «intento portarme bien», que es lo que intenta todo el mundo. El del coche con el que te cabreaste también cree que hace las cosas desde el bien. Nadie se levanta por la mañana y dice hoy toca actuar desde la maldad. O sea, que lo que prometía un sitio especial resulta ser lo que diría cualquiera.
Y aunque fuera verdad, hacer las cosas «desde la bondad» no garantiza nada de cómo salen. Estar convencido de tu propia luz no impide hacer daño. A veces hasta lo facilita. La intención buena es una declaración tuya sobre ti mismo. No es una prueba de nada.
«Bueno, es que estoy en el proceso.» Un proceso sin final y sin forma de comprobar si avanzas no es un proceso. Es una excusa con la fecha en blanco.
Jung ya lo decía hace un siglo, y no hablaba de ti, hablaba de los de su época que hacían lo mismo: uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad. Lo segundo es incómodo, por eso no vende. Hay quien a esto de perseguir la luz para no mirar lo de abajo le ha dedicado libros enteros, lo llaman spiritual bypassing. No hace falta entrar ahí. Con ver la contradicción a la cara sobra. Porque el que de verdad está en un sitio no necesita repetirlo quince veces.
* * *
Trabajo para la luz, luego todo vale
Trabajo en el nombre de la luz. La luz es el bien. Luego lo que yo haga está bien de antemano, lo mire quien lo mire.
Es una barra libre. Lo que decida, lo que diga, la idea que defienda, sea del tipo que sea y tenga que ver con la luz o no, queda justificado antes de empezar, porque viene firmado por el bando bueno. No hay que demostrar nada. Ya lo avala la palabra.
* * *
Entidades de luz, ¿de luz qué?
Y luego está la compañía. «Estoy rodeado de seres de luz», «me guían entidades de luz», ángeles, guías, presencias. Todo luminoso.
¿Y cómo sabes que son de luz? La respuesta casi siempre es la misma. Algo les habla, algo les acompaña, les da buena sensación o les ha dicho que viene del bien. Y como suena a luz, lo dan por bueno. Ya está. Ni una comprobación más.
Han dado por buena la parte más seria de todas, con qué están tratando en realidad, solo porque la etiqueta decía luz. Y una sensación agradable no demuestra qué hay al otro lado. Si tu único filtro es «me da sensación de luz», no tienes filtro.
«Es que son ángeles, son seres de luz.» Ah, bueno, eso es lo que tú crees. Lo que tengas de verdad al otro lado da para otra conversación, y la he tenido en otro sitio. Aquí basta con lo de siempre: dices luz y dejas de preguntar.
* * *
Es que es muy luminoso
Y de puertas afuera la cosa se pone fea. Porque si yo soy luz, y la luz es lo único aceptable, el que no brilla tanto ya me vale menos.
Para decir que alguien es buena persona dicen «es un ser muy luminoso». Y para los demás, los que no dan la talla de brillo, queda el gesto de pena, la ceja levantada, el «todavía no ha despertado». ¿Y qué pasa con esa gente? ¿Que no tiene derecho a vivir? ¿Que tiene que convertirse en alguien como tú para valer algo? Porque eso que montan, con la sonrisa puesta, es una conversión de toda la vida. O entras en la luz o estás de más.
* * *
Le Guin lo dijo en una línea: encender una vela es proyectar una sombra. No hay luz que no haga sombra. Si todo el mundo fuera luz y todo tirara hacia la luz, como piden, el sistema entero se quedaría descompensado. Y no, no estoy diciendo que haya que trabajar desde la oscuridad. Estoy diciendo que la luz sin su contrario no es pureza. Es un dibujo de niño.
La luz que no quiere saber nada de su sombra no ilumina. Deslumbra. Y deslumbrar es la mejor manera de que no veas lo que hay debajo.
Este artículo se apoya en mi trabajo de años y en algunas referencias contrastadas: la idea de la sombra en Carl Jung (Estudios sobre alquimia), el concepto de spiritual bypassing, acuñado por el psicólogo John Welwood y desarrollado por Robert Augustus Masters, y la frase de la vela y la sombra de Ursula K. Le Guin en Un mago de Terramar. Lo que es interpretación mía, espero que se note que lo es.



